IMPORTANCIA DE LOS CONVENTOS EN MEXICO

Tuvieron, grande importancia los conventos. Los de las tres Órdenes tenían en la capital admirables templos, de naves ojivales, con portada Renacimiento. Gran dolor es que se haya arruinado el de San Francisco, cuyos formidables muros duplicaban su altura con la de la eminencia donde se asienta. Y lástima, también, que todos los claustros se hayan arruinado. El de los dominicos, el Imperial Convento de Predicadores, era “suntuoso y muy grande, de cuarenta moradores ordinarios”, según noticias que habían llegado hasta el primer cronista oficial de Indias, Juan López de Velasco, hacia 1571; el de San Francisco tenía entonces “hasta treinta frailes”; los de monjas, Santa Catalina de Sena, de dominicas, con su templo de la Regina Angelorum, y Santa Clara, de franciscanas, tenía “ciento ochenta monjas, poco más o menos”, según el Oidor Echagoyan, hacia 1568. En el de dominicas estuvo profesa Doña Leonor de Ovando, nuestra poetisa del siglo XVI. Después hubo monjas junto a la Ermita del Carmen, no sé de qué orden.

Echagoyan dice que los conventos eran “de gran honestidad y religión”. Oviedo, años antes, piensa que en ellos hay “personas de tan religión e gran exemplo, que bastarían a reformar a todos los otros monesterios de otros muchos reynos, porque son sanctas personas y de gran dotrina” (Historia, libro III, cap. XI).

La Orden de la Merced cuenta, entre sus primeros representantes en Santo Domingo, de 1514 a 1518, a Fray Bartolomé de Olmedo 20 , que sería después héroe de la conquista espiritual de Méjico. “El P. Bartolomé —dice el mejicano Fray Cristóbal de Aldana— se dedicó desde luego (en Santo Domingo) al consuelo de los indios y a su instrucción; defendíalos de las vejaciones de los españoles, asistíalos en sus enfermedades y los socorría en sus miserias. Ins-truía a los niños para ganar a los padres; movía y convencía a los cristianos para que edificasen a los idólatras…”

A principios del siglo XVII, de 1616 a 1618, intervino en la reforma del Convento de la Merced (y fue allí definidor) no menor maestro que Tirso de Molina, el Presentado Fray Gabriel Téllez, en compañía del vicario Fray Juan Gómez, catedrático del colegio mercedario de Alcalá de Henares, Fray Diego de Soria, Fray Hernando de Canales, Fray Juan López y Fray Juan Gutiérrez. Tirso declara que al partir ellos —sólo Canales y Soria se quedaron— dejaron organizada la enseñanza de su convento con catedráticos nacidos en la isla, que desde entonces producía grandes talentos, aunque atacados de negligencia: “el clima influye ingenios capacísimos, puesto que perezosos” (poco antes, en 1611, decía el arzobispo Rodríguez Xuárez en carta al rey: “esta tierra influye flojedad y aplicarse la gente poco al estudio”; naturalmente, no eran el clima ni la tierra, sino la despoblación y la pobreza, las causas del desamor al esfuerzo intelectual)21 .

Glorioso entre nuestros conventos fue el Imperial de la Orden de Santo Domingo 22 . No sólo porque sirvió de asiento a la Universidad de Santo Tomás de Aquino. Sobre su pórtico se yerguen gigantescas las apostólicas figuras de Fray Pedro de Córdoba, Fray Antonio de Montesinos y Fray Bernardo de Santo Domingo, iniciadores de la formidable cruzada que en América emprende el espíritu de caridad para debelar la rapaz violencia de la voluntad de poder, una de las grandes controversias del mundo moderno, cuya esencia es la libertad del hombre. A ellos se une pronto Fray Domingo de Mendoza 23 , docto varón, de estirpe ilustre, que en España había concebido el plan de establecer la Orden en el Nuevo Mundo. Es en aquel convento donde años después (hacia 1522) se hace fraile el que recoge la herencia de Fray Pedro y Fray Antonio 24 , el impetuoso e indomable Quijote de la fraternidad humana, Bartolomé de las Casas.

Le dio el hábito, según la tradición, Fray Tomás de Berlanga 25 , provincial entonces, después obispo de Panamá. Con Las Casas estuvo allí su famoso acompañante Fray Pedro de Angulo 26 , el gran evangelizador, fundador de conventos en Guatemala y Nicaragua, finalmente obispo de la Verapaz: antes que fraile había sido conquistador en Méjico.

De allí salen, durante gran trecho del siglo XVI, los fundadores de nuevos conventos dominicos en América: “desta casa se han poblado las islas, y Nueva España, y el Perú”, decían los frailes de la Española en 1544. Partieron de allí, entre otros, Fray Domingo de Betanzos 27 y Fray Tomás Ortiz 28 para fundar el convento dominico de Méjico (1526); Fray Tomás de la Torre 29 , fundador del convento en Chiapas; Fray Tomás de San Martín 30 , evangelizador del Perú, donde fue el primer provincial y fundó los conventos de Huamanga y Chucuito. Allí se estrena como predicador, novicio aún, aquel singular maestro de la prosa, Fray Alonso de Cabrera 31 . Allí reside, viviendo como modesto fraile, el ilustre arzobispo Dávila Padilla. Y allí se educaron nativos estudiosos, y hasta escritores, como Fray Alonso de Espinosa y Fray Diego Martínez 32 .